sábado, 19 de enero de 2013

Espejito, Espejito...

                                                      ESPEJITO, ESPEJITO...


Tenemos el alma contaminada, infestada de prejuicios, modelos, cánones... Cada mañana escondemos nuestra verdadera esencia detrás de kilos de maquillaje, complementos, quizá unas lentillas que nos pongan un color de ojos tan superficial como inmoral. Nos plantamos ante el espejo dispuestos a borrar cualquier signo de imperfección que pueda hacernos sentir inferior a los demás. ¿Qué podemos entender como belleza en estos tiempos que corren? La superficialidad lo es todo en esta vida, ¿verdad? Engañarnos con pensar que somos buenas personas que no nos dejamos llevar por una primera impresión, que siempre buscamos en lo  profundo del ser de cada persona, en ese interior en el que los sentimientos ganan cualquier batalla a los prejuicios. Pero en eso queda todo, en un simple engaño para que nuestra conciencia no trate de atormentarnos. 
La verdadera tendencia de nuestra época se reduce a un simple concepto: la imagen. Nosotros no somos los dueños de nuestras propias vidas, sino que dejamos que lo sean todos los comentarios que hacen sobre nosotros. Si una persona cae en gracia y es siempre tenida en cuenta, será feliz, alegre, optimista... y tantas otras cosas más que no lo será, sin embargo, aquella otra persona que sufre escondida en el silencio, en la más oscura soledad, criticada y marginada socialmente. ¿Y cuál es el factor que lleva a las personas a comportarse como Dios, a decidir como tienen que vivir su vida los demás? La respuesta es tan fácil y sencilla que todos nos apresuramos a enterrarla en el fondo de esas conciencias olvidadas que pueblan nuestra razón; el complejo de superioridad, ese mismo complejo que en nuestros días lleva impregnado el sinónimo de virtud, como si fuera algo que nos llevara a ser mejores personas. Es esa superioridad la que llena de ponzoña y falsedad nuestras entrañas, la que nos crea dos caras, la que nos hace creer que la falsedad es el mejor camino a escoger en esta vida tan perra que nos ha tocado vivir. 
¿Por qué no aceptar a cada uno mismo como es en realidad? Al fin y al cabo, todos somos personas, con nuestros defectos y virtudes, nuestras malas acciones, nuestros buenos actos, nuestras recompensas y, sobre todo, con aquello que nos diferencia del resto de los animales, con una moral a la que no deberíamos esforzarnos en convertirla en corrupta. Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, nos hemos refugiado, o nos tocará refugiarnos, en el típico y rallado cliché que afirma que la verdadera belleza se encuentra en el interior de nuestra alma. Quizá sea algo ya repetitivo apoyar esa creencia, por eso mismo pregunto: Espejito, espejito mágico, ¿quién es la persona más bella de este mundo? 
La verdadera belleza reside en la forma de ser franca, natural e incorruptible de cualquier persona capaz de ir de frente y cumplir siempre sus ideales, a la que tan sólo le preocupa la simple forma de vivir su plena existencia de forma alocada y sin rumbo fijo, que es en lo que reside la esencia de la vida misma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario