miércoles, 23 de enero de 2013

La soledad en un regalo, no un castigo

                                 LA SOLEDAD ES UN REGALO, NO UN CASTIGO

¿Por qué cuando vemos a alguien solo, sin compañía con la que poder charlar y conversar, siempre tendemos a sentir una especie de lástima hacia esa persona desconocida para nosotros? Para nuestra mente, las palabras soledad y lástima van irremediablemente cogidas de la mano. Nosotros somos seres sociales, siempre necesitados de la compañía de otras personas alrededor de las cuales ir formando nuestra vida: la familia, los amigos, quizá una pareja... Pero de lo que nunca nos damos cuenta es del descanso que le da a nuestra alma tan sólo unos simples momentos en soledad, sin nadie a nuestro lado, sincerándonos con nosotros mismos. Porque estar veinticuatro horas al día rodeado siempre de gente, ruido y movimiento no es tan saludable como pensamos.

La soledad, en dosis pequeñas y controladas, nos permite darnos a conocer a nosotros mismos, poner las cartas sobre la mesa y recapacitar escogiendo siempre la opción que nuestro corazón y nuestra alma nos piden que elijamos. Al llegar a casa, después de un día largo y agitado, lo que de verdad necesitamos urgentemente es un descanso mental que nos aleje del estrés cotidiano que caracteriza nuestras vidas. Pero estoy convencida de que no seré ni la primera ni la última persona en este mundo que llega exhausto a su casa, y nada más pasar el umbral de la puerta se encuentra con una jauría peor de la que ha venido. Sin embargo, encerrados entre nuestras cuatro paredes preferidas, con una buena música de fondo, entramos en un estado de semiinconsciencia del que difícilmente podemos salir. 
Hoy en día, la sinceridad dista mucho de ser auténtica en nuestra forma de ser, con tanta falsedad y malicia como abunda en el mundo. La mayoría de las personas, no digo todas, dejemos espacio a la esperanza en este escrito, tan sólo son verdaderamente sinceros cuando están solos, ya que es la única manera que tiene de que nadie les traicione o arruine sus planes. Porque la soledad en verdad saca lo mejor de nosotros, nos permite ser buenos, sinceros, leales y verdaderos en un mundo tan corrupto en el que vivimos sin tener opción a otra oportunidad; aunque a veces tan sólo nos haga hacer estupideces, llevados por la impotencia que nos provocan los duros momentos que en toda vida aparecen, de los que aprendemos, superamos y dejamos atrás, sin voltearnos siquiera.
Así que, teniendo en cuenta que nada en esta vida es perfecto en su completa extensión, debemos aceptar la verdad que afirma que la soledad no es para nada un castigo, sino que debemos abrazarla como un regalo, pero recordando siempre que nada en exceso es bueno.

sábado, 19 de enero de 2013

Espejito, Espejito...

                                                      ESPEJITO, ESPEJITO...


Tenemos el alma contaminada, infestada de prejuicios, modelos, cánones... Cada mañana escondemos nuestra verdadera esencia detrás de kilos de maquillaje, complementos, quizá unas lentillas que nos pongan un color de ojos tan superficial como inmoral. Nos plantamos ante el espejo dispuestos a borrar cualquier signo de imperfección que pueda hacernos sentir inferior a los demás. ¿Qué podemos entender como belleza en estos tiempos que corren? La superficialidad lo es todo en esta vida, ¿verdad? Engañarnos con pensar que somos buenas personas que no nos dejamos llevar por una primera impresión, que siempre buscamos en lo  profundo del ser de cada persona, en ese interior en el que los sentimientos ganan cualquier batalla a los prejuicios. Pero en eso queda todo, en un simple engaño para que nuestra conciencia no trate de atormentarnos. 
La verdadera tendencia de nuestra época se reduce a un simple concepto: la imagen. Nosotros no somos los dueños de nuestras propias vidas, sino que dejamos que lo sean todos los comentarios que hacen sobre nosotros. Si una persona cae en gracia y es siempre tenida en cuenta, será feliz, alegre, optimista... y tantas otras cosas más que no lo será, sin embargo, aquella otra persona que sufre escondida en el silencio, en la más oscura soledad, criticada y marginada socialmente. ¿Y cuál es el factor que lleva a las personas a comportarse como Dios, a decidir como tienen que vivir su vida los demás? La respuesta es tan fácil y sencilla que todos nos apresuramos a enterrarla en el fondo de esas conciencias olvidadas que pueblan nuestra razón; el complejo de superioridad, ese mismo complejo que en nuestros días lleva impregnado el sinónimo de virtud, como si fuera algo que nos llevara a ser mejores personas. Es esa superioridad la que llena de ponzoña y falsedad nuestras entrañas, la que nos crea dos caras, la que nos hace creer que la falsedad es el mejor camino a escoger en esta vida tan perra que nos ha tocado vivir. 
¿Por qué no aceptar a cada uno mismo como es en realidad? Al fin y al cabo, todos somos personas, con nuestros defectos y virtudes, nuestras malas acciones, nuestros buenos actos, nuestras recompensas y, sobre todo, con aquello que nos diferencia del resto de los animales, con una moral a la que no deberíamos esforzarnos en convertirla en corrupta. Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, nos hemos refugiado, o nos tocará refugiarnos, en el típico y rallado cliché que afirma que la verdadera belleza se encuentra en el interior de nuestra alma. Quizá sea algo ya repetitivo apoyar esa creencia, por eso mismo pregunto: Espejito, espejito mágico, ¿quién es la persona más bella de este mundo? 
La verdadera belleza reside en la forma de ser franca, natural e incorruptible de cualquier persona capaz de ir de frente y cumplir siempre sus ideales, a la que tan sólo le preocupa la simple forma de vivir su plena existencia de forma alocada y sin rumbo fijo, que es en lo que reside la esencia de la vida misma.

viernes, 18 de enero de 2013

Las mariposas en el estómago


LAS MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO

La monotonía de la vida es el pan nuestro de cada día. Todos los días es lo mismo: la misma rutina, las mimas obligaciones, las mismas discusiones... ¿Cuántas veces hemos soñado con vivir en la piel de otra persona ajena a nosotros, radicalmente diferente? Cuando apenas tienes dieciocho años, tu cuerpo es un hervidero hormonal que sólo piensa en darle color a tu vida, que en ella predomine la aventura. Todas las mujeres, independientemente de la cultura, el país o la edad, soñamos con tener nuestro momento, aquel en el que nuestra rana se convirtiera en príncipe, nos sacara de nuestro mundo y nos llevara a nuestro paraíso particular. Nos pasamos la vida mirando a la pantalla, donde chicas bonitas encuentran su amor verdadero, un galán de primera; y nos imaginamos que ese mismo galán, fuera de la pantalla, podría llegar a cruzarse en nuestro camino. Un hombre que nada más mirarnos a los ojos, pudiera arrebatarnos el alma. En ese momento, sin saber como, sabríamos que esa persona sería la que nos acompañaría a nuestro lado el resto de nuestra vida, tanto en los buenos como en los malos momentos. Mientras los sueños se apoderan de nuestra mente, nuestra vista divisa alrededor bonitas parejas que rebosan amor, entre nuestros amigos y conocidos; y es entonces cuando nos chocamos contra la cruda realidad de nuestra simple existencia. 
Hoy día ya no existen esas historias bonitas en las que una simple mirada nos ponía coloradas, y en las que nuestro pretendiente nos invitaba a salir después de haber reunido el valor suficiente; y, quizá después de cuatro o cinco citas, ese mismo pretendiente se arriesgaría a rozar  con sus labios los nuestros. Esas historias que nos relatan una y mil veces las mamas y las abuelas, cuando nos podemos dar cuenta del débil reflejo que emana de sus ojos, ese reflejo que recoge tantos sentimientos y emociones contenidos en esos momentos pasados; son esas historias en las que las damas eran cortejadas por todos unos caballeros, colmadas de presentes y de sentimientos puros y sinceros. No, todo eso ha quedado ya en el baúl de los recuerdos, las generaciones presentes, sobre todo los jóvenes a los que les queda tanto por crecer y vivir, se limitan a salir, beber y quizá, con un poco de suerte, conocer a alguien esa noche, pero con el que estar tan solo esa noche, o como mucho un par de veces más. La poligamia es el plato fuerte de este mundo pasado de rosca en el que vivimos.
Quizá sea sólo una soñadora, una idealista que no encaja en esta sociedad tan perturbada por el consumismo que caracteriza el mundo presente, pero añoro esos tiempos felices en los que no había segundas intenciones, las cosas no eran tan fáciles, y si de verdad querías algo con toda tu alma, tenías que pelear duro por ello. Pero lo que de verdad me pregunto es... ¿dónde quedaron esas mariposas en el estómago, ese frenesí que recorría nuestras venas con tan sólo pensar en ese hombre que nos traía loca la cabeza?