domingo, 10 de marzo de 2013

Jaque Mate

                                     JAQUE MATE 

Cuando alguien se va, dejándonos solos, nos invade una melancolía que nos sumerge en las más oscuras tinieblas. Pero el tiempo siempre hace su trabajo, y el dolor acaba por desaparecer, pero sin llevarse con él todos los pequeños fragmento a los que han quedado reducidos nuestros corazones. En este tiempo, nuestra alma está muerta en vida, mientras nuestro cuerpo se ve afectado por los vaivenes de la vida que sigue transcurriendo a nuestro alrededor. Es inevitable vernos sumidos en un mundo en blanco y negro, sin color, por el que divagamos sin rumbo fijo, sin saber a dónde ir o qué hacer, encerrándonos en nosotros mismos, renunciando al contacto con la realidad. Nuestra alma nos pide a gritos una inyección de vida que vuelva a pintar de colores nuestro mundo. Las lágrimas salen a borbotones de nuestros ojos y recorren nuestro oscuro rostro como una liberación del marcado dolor de nuestras almas condenadas a la depresión.
Como personas que somos, las relaciones humanas son una necesidad primaria en esta corta vida de la que disponemos. Nuestras almas crean lazos entre sí, uniéndonos entre nosotros y creando una frágil relación de dependencia. Dicen que la vida son las partes difíciles, pero acabamos viéndola con otros ojos cuando la compartimos con alguien que nos complementa como personas, que llena ese vacío que hay en nuestro interior, que convierte en virtudes todos nuestros defectos; que se convierte en la sal de nuestras vidas, en la sinfonía de nuestros corazones. 
En los días en los que el romanticismo decae, tan sólo tenemos que alzar la vista a nuestro alrededor, ya que el mundo está lleno de belleza. Inevitablemente, tarde o temprano, en algún momento el romanticismo decae. Quizá el amor muera algún día, pero hoy no. A pesar de todos los altibajos, peleas, confrontaciones, depresiones y tantas otras cosas que hacen de nuestras almas sacos de arena que no dejan de recibir derechazos. 
La conexión con otra persona es algo mágico capaz de cualquier cosa. Pero aunque el amor no muera, esa conexión irremediablemente puede desaparecer sin dejar rastro. Nuestras almas se arriesgan continuamente, condenándonos a las más oscuras tinieblas algunas vece, pero transportándonos al paraíso en otras ocasiones.
En una relación, el poder lo acaba teniéndolo la persona que menos se implica en ella. Nosotros somos capaces de hacer nuestra propia elección: entregarnos a la otra persona, sin perder nunca la fe en la esencia pura del amor, o simplemente actuar como un gran estratega, sabiendo cuando implicarse y cuando salir corriendo, escapando de ese dolor que acarrean nuestras almas cuando desparece de nuestro lado. 
La vida de una relación acaba siendo como un apartida de ajedrez, un duelo de intelectuales en el que cuando una persona  acaba implicándose demasiado, la partida termina. Con el jaque mate la magia se desvanece y el dolor aparece.

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